Fecha: 2017-10-22 21:26:45


Las múltiples dimensiones de la pobreza argenta


El 30% de pobres sólo refleja una dimensión del problema.

El dato de 30% de pobreza en el país solo muestra una parte de una situación que es generalizada. Somos también una nación pobre de paciencia, de memoria, de república, de instituciones, de respeto al prójimo, de sueños y, en última instancia, de la utopía de buscar en lo ex-ante imposible, la motivación hacia algo mejor que nos aleje del peronismo actual. 

Al analizar la Peronia de hoy, adopté recientemente un ángulo mucho más político y, por lo tanto, resignadamente menos económico. Lo que originalmente era una fuerte crítica al gradualismo oficial, fue girando hacia un reflexivo y antipático mensaje a toda la sociedad argentina, esa a la que no le gusta demasiado mirarse el propio ombligo. 

Mi resignación al poco cambio estructural que probablemente observemos en el futuro cercano es consecuencia de reconocer a la sociedad argentina, como principal fuente de restricción. ¿Seremos esta vez lo suficientemente pobres de convicción como para abortar este proceso de cambio y retornar al decadente statu-quo anterior? 

 

Hipócritas negadores
El drama de la pobreza argentina no termina en los datos del INDEC. Por setenta años interminables hemos sido hipócritas negadores de nuestra pobreza multifacética. Somos pobres de república, de instituciones, de objetivos de largo plazo, de conceptualizar al sacrificio como insumo indispensable para el éxito social. 

Somos hasta capaces de hacer “kilombo al pedo” si una selección pierde una final de fútbol, entendiendo que dicho suceso afecta al “orgullo nacional”, pero por setenta años fuimos cómplices y silenciosos testigos del colapso de nuestro país en el ranking de las naciones del mundo. Eso a nadie pareció importarle demasiado. 

Somos también muy pobres de memoria. En muchas instancias, exigimos al actual gobierno resultados inmediatos, pero a la vez, permitimos por una década entera el mayor avasallamiento institucional y fiscal de la democracia argentina. Somos pobres de justicia, nos cuentan que un fiscal “se suicida” y aceptamos la respuesta casi sin chistar por varios años. Somos pobres de cuestionamiento, escuchamos una y otra vez a un Papa peronista, pero lo adoramos como si fuera Dios. 

Somos pobres de respeto a nosotros mismos, sólo basta con que algo no nos guste, para piquetear al resto, en claro gesto de chantaje social. Somos, también, pobres de reflejos. Por una década entera observamos pasivamente cómo la Argentina era saqueada y hoy pretendemos mágicamente saltar a la expansión vía endeudamiento, sin hacernos cargo del desfalco que permitimos con nuestro voto. 

Somos pobres de dignidad porque nos encanta endeudarnos y al mismo tiempo, defaultear después, echándole la culpa siempre al “descarnado” capitalismo de Wall Street. Somos volátilmente pobres de convicción, a veces pretendemos ser liberales y una década después intentamos la versión más improvisada del comunismo. 

Pero lo más grave es que somos pobres de utopías, setenta años de populismo diluyeron nuestra capacidad de imaginar y concebir un futuro mejor. Una nación pobre en sueños es una que simplemente, dejó de existir.

Responsables obscenos
Los datos del INDEC nos cuentan que aproximadamente 1 de cada 3 argentinos está en situación de pobreza. Si hoy hay aproximadamente 30% de pobres es porque los heredamos de gobiernos pasados y en esta coyuntura no puedo dejar de recordar que, de los últimos 27 años, 24 fueron gobernados por peronismo. 

Ese mismo peronismo que hoy se desentiende de su pasado y se le planta a Macri con hidalguía intentando darle lecciones de ortodoxia fiscal y tarifaria. El populismo es el hipócrita y obsceno responsable de la pobreza argentina, porque el empobrecimiento del ciudadano lo torna esclavo y lo favorece electoralmente. Un populismo sin pobres no tiene chance de existir. Por el contrario, requiere de un sistemático plan de gestión de pobreza e ignorancia generalizada para perpetuarse en el poder. 

Ese mismo populismo, sistemático y mentiroso ocultador de pobres, hace sólo un tiempo atrás nos tomó a todos de boludos y nos decía que en Peronia, había menos pobreza que en Alemania.

Sin embrago, la pobreza más extrema no radica en lo material, la forma más cruel de empobrecer a otro es secándolo de intelecto. Aquí está la clave de la supervivencia populista: mucho fulbo y choripán, a cambio de muy poco libro. 

Lo utópico siempre me atrajo, lo inalcanzable me motiva exponencialmente, y no acepto entonces, que se considere imposible imaginar, por ejemplo, a un chico carenciado ingresando a la escuela primaria, culminando tres décadas después en la universidad y no en cana. Esos chicos “ricos de intelecto”, ¿votarían peronismo? Lamentablemente, durante la década arrasada Argentina vivió el mejor ciclo de commodities de su historia, describiendo un entorno inmejorable, pero, sin embargo, nos dejaron con 30% de pobres y todos haciéndose ahora los desentendidos pensando ya en la próxima elección y en cómo seguir viviendo de los pocos privados que bancan al resto. Una mayoritaria clase política populista “rica y sumamente sospechada” le habla a su electorado empobrecido y sistemáticamente sub-educado, intentando convencerlo otra vez más. 

Por suerte, parecería que algo ha cambiado entre nosotros, soy todavía escéptico de la perdurabilidad de este cambio aparente y sumamente incipiente, pero me permito festejarlo. 

¿Drama u oportunidad?
Quizá esta pobreza hipócrita que toleramos no sea sólo un drama. Quizá y sólo quizá, el drama de Peronia sea la oportunidad de intentar cambiar de raíz la esencia de un populismo que resultó sumamente eficiente sólo en la gestión de pobres. 

Quizá se nos dé la gana de trabajar arduamente para sentirnos orgullosos de una Argentina a la que hoy el populismo convirtió sólo en un terruño de personas compitiendo desesperadamente por una torta que no para de achicarse. 

Quizá alguna vez erradiquemos nuestra pobreza multifacética comprendiendo que la grandeza de una nación se cimienta en los sueños que la definen. 

Quizá alguna vez dejemos de votar gordos mentirosos e inútiles, pero a la vez, muy ricos, y comencemos a exigir una clase política que en vez de darnos vergüenza nos enorgullezca y motive. La restricción social que el kirchnerismo le dejó al oficialismo es tan grave que le restó protagonismo en el cambio. 

El cambio necesita como complemento indispensable a toda la sociedad argentina y nos plantea como en otras circunstancias preguntas simples, pero a la vez, contundentes. 

¿Qué tan multifacéticamente pobres queremos ser? ¿Y si como nación nos permitimos ser ambiciosamente utópicos? ¿Qué tal si dejamos que un libro finalmente venza al fútbol y el choripán? ¿Queremos volver a llamarnos orgullosamente República Argentina o nos resignaremos a ser la Peronia pobre de dignidad e imaginación de estos setenta años? 

El cambio depende de nosotros, y octubre 22 es la fecha para decirlo. 

Fuente: El Inversor

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