Fecha: 2018-07-09 22:58:56


“Sí, quiero”: aplicaciones del celular para consentir relaciones sexuales


El 1ro. de julio de 2018 entró en vigor una nueva ley en Suecia que considera violación a toda relación sexual en la que no haya habido un consentimiento explícito.

El 1ro. de julio de 2018 entró en vigor una nueva ley en Suecia que considera violación a toda relación sexual en la que no haya habido un consentimiento explícito. A raíz de ello, los medios de comunicación informan que se produjo una expansión de aplicaciones para el celular que formalizan un cierto “contrato digital” con la firma de los usuarios a modo de consentimiento explícito para una relación sexual.

La ley anterior consideraba violación a una relación sexual bajo amenaza o violencia. Según la nueva ley, se considera probada la violación si la víctima prueba que no dio su consentimiento explícito o no demostró de manera clara su deseo de tener una relación sexual.

El fenómeno de la expansión de las aplicaciones del celular que formalizan estos acuerdos para las relaciones sexuales no es exclusivo de Suecia. “Uso del preservativo, uso de ataduras, conversaciones subidas de tono, sexting” son algunas de las opciones que incluye la aplicación para determinar los “límites” que aceptan los usuarios antes de cada encuentro, según relatauna nota del New York Times.

Aplicaciones invasivas

Un primer aspecto que salta a la luz en la situación que estamos comentado es que aparecen nuevas y más poderosas formas de invasión de la privacidad de las personas. En tal sentido, que una aplicación del celular pueda llevar registro de las relaciones sexuales de las personas, sus opciones y demás detalles, revela que al mismo tiempo que la sociedad se preocupa -con razón- por evitar los abusos, consiente con otras invasiones a la intimidad que conducen a una enorme vulnerabilidad de los individuos y un acrecentamiento del poder de grandes corporaciones, y en última instancia del Estado mismo.

La sociedad que exalta la libertad personal y la autonomía, conduce a personas más vulnerables y sometidas al poder del Estado que puede usar a su gusto la información más sensible y delicada de alguien para fines potencialmente discriminatorios. Pero los problemas de esta aplicación son más de fondo.

El consentimiento, necesario pero insuficiente requisito ante la violencia sexual

La ley sueca trata de responder a algunos de los problemas que subyacen en muchas de las denuncias de violación y otro tipo de abusos. El aumento de estas situaciones, que ha tenido su expresión en las campañas conocidas como #MeToo (Yo también) de fuerte presencia global en redes sociales y encabezadas por reconocidas figuras del espectáculo, plantea nuevas y complejas cuestiones ético-jurídicas.

En un contexto que ha minado las bases de cualquier moral sobre la sexualidad y que proclama que no hay parámetros objetivos para señalar la rectitud o no de una conducta, se presenta al consentimiento como la gran solución.

En muchos casos, la exigencia del consentimiento explícito viene a responder a las denuncias de relaciones “no consentidas” en contextos ambiguos o de descontrol, como las fiestas con excesivo consumo de drogas y alcohol.

Lógicamente, el consentimiento es un requisito importantísimo y de gran relevancia moral para valorar las conductas humanas en relación a la sexualidad. Pero si bien es necesario, no es requisito suficiente para una valoración de fondo de las acciones de las personas. Y muchos menos resulta suficiente para responder a las búsquedas de felicidad de las personas.

El consentimiento no nos dice nada sobre el sentido mismo de la acción. Así, como veíamos en la transcripción de las opciones que brinda una de las aplicaciones móviles que se utilizan en EEUU, se puede consentir el uso de “ataduras” o el sexting, lo que en sí mismo va en contra de la dignidad de la propia persona.

El problema antropológico de fondo: una visión utilitarista de la persona humana

Junto con estas consideraciones sobre la insuficiencia del consentimiento  hay que enfatizar que este tipo de medidas no atacan los problemas de fondo que encierra el predominio cultural de una visión utilitarista de la sexualidad y de la persona. En efecto, cuando la sexualidad se escinde de sus valores humanos más profundos, como son el amor unitivo y la apertura a la transmisión de la vida, queda reducida a una dimensión del placer personal corporal, que sólo se comprende en el marco de relaciones contractualizadas y utilitarias.

El Papa Francisco afirma: “no podemos ignorar que muchas veces la sexualidad se despersonaliza y también se llena de patologías, de tal modo que «pasa a ser cada vez más ocasión e instrumento de afirmación del propio yo y de satisfacción egoísta de los propios deseos e instintos». En esta época se vuelve muy riesgoso que la sexualidad también sea poseída por el espíritu venenoso del «usa y tira». El cuerpo del otro es con frecuencia manipulado, como una cosa que se retiene mientras brinda satisfacción y se desprecia cuando pierde atractivo. ¿Acaso se pueden ignorar o disimular las constantes formas de dominio, prepotencia, abuso, perversión y violencia sexual, que son producto de una desviación del significado de la sexualidad y que sepultan la dignidad de los demás y el llamado al amor debajo de una oscura búsqueda de sí mismo?” (Amoris Laetitia, 153).

La sexualidad involucra valores tan profundamente humanos y que comprometen tanto la integralidad de la persona, en sus dimensiones de cuerpo y alma, que todo lo que no exprese una total donación gratuita al otro va a encerrar una dimensión de cierta instrumentalización del otro. De otro modo, la persona no es querida como fin, sino como medio para la satisfacción de una pasión personal.

Subyace una cultura de lo provisorio, que no promueve el amor y la entrega, como denuncia el Papa Francisco. Entre los síntomas de esta cultura, el Papa se refiere, “por ejemplo, a la velocidad con la que las personas pasan de una relación afectiva a otra. Creen que el amor, como en las redes sociales, se puede conectar o desconectar a gusto del consumidor e incluso bloquear rápidamente. Pienso también en el temor que despierta la perspectiva de un compromiso permanente, en la obsesión por el tiempo libre, en las relaciones que miden costos y beneficios y se mantienen únicamente si son un medio para remediar la soledad, para tener protección o para recibir algún servicio. Se traslada a las relaciones afectivas lo que sucede con los objetos y el medio ambiente: todo es descartable, cada uno usa y tira, gasta y rompe, aprovecha y estruja mientras sirva. Después, ¡adiós! El narcisismo vuelve a las personas incapaces de mirar más allá de sí mismas, de sus deseos y necesidades. Pero quien utiliza a los demás tarde o temprano termina siendo utilizado, manipulado y abandonado con la misma lógica. Llama la atención que las rupturas se dan muchas veces en adultos mayores que buscan una especie de «autonomía», y rechazan el ideal de envejecer juntos cuidándose y sosteniéndose” (Amoris Laetitia, n. 39).

En el fondo, detrás de la idea de una aplicación para consentir relaciones sexuales, se esconde una visión mercantilista del cuerpo y la sexualidad. Así lo denunciaba Benedicto XVI en Deus Caritas Est: “Hoy se reprocha a veces al cristianismo del pasado haber sido adversario de la corporeidad y, de hecho, siempre se han dado tendencias de este tipo. Pero el modo de exaltar el cuerpo que hoy constatamos resulta engañoso. El eros, degradado a puro « sexo », se convierte en mercancía, en simple « objeto » que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía. En realidad, éste no es propiamente el gran sí del hombre a su cuerpo. Por el contrario, de este modo considera el cuerpo y la sexualidad solamente como la parte material de su ser, para emplearla y explotarla de modo calculador. Una parte, además, que no aprecia como ámbito de su libertad, sino como algo que, a su manera, intenta convertir en agradable e inocuo a la vez. En realidad, nos encontramos ante una degradación del cuerpo humano, que ya no está integrado en el conjunto de la libertad de nuestra existencia, ni es expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino que es relegado a lo puramente biológico. La aparente exaltación del cuerpo puede convertirse muy pronto en odio a la corporeidad. La fe cristiana, por el contrario, ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu y materia se compenetran recíprocamente, adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza. Ciertamente, el eros quiere remontarnos « en éxtasis » hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita seguir un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación” (n. 6).

La propuesta del amor conyugal como donación gratuita y totalizante

Detrás de estas situaciones subyacen búsquedas profundas de cada persona humana. Exigir un consentimiento es una reacción importante que busca encontrar cauces para una cultura que parece desbordada por la exaltación de una sexualidad sin límites ni moral, y la aparición de dramáticas y dolorosas formas de violencia y ofensas a la dignidad. Sin embargo, no alcanza a resolver los problemas tan graves porque falta una visión antropológica de fondo que no caiga en la trampa del utilitarismo y de la cultura de lo provisorio que termina instrumentalizando a las personas.

Para responder a los anhelos de fondo del corazón humano, el camino pasa por desandar las desconfianzas y profundizar el camino de la donación gratuita. Como dice el Papa hablando de cierto tipo de educación sexual que se concentra en la invitación a «cuidarse», procurando un «sexo seguro»: “Esta expresión transmite una actitud negativa hacia la finalidad procreativa natural de la sexualidad, como si un posible hijo fuera un enemigo del cual hay que protegerse. Así se promueve la agresividad narcisista en lugar de la acogida. Es irresponsable toda invitación a los adolescentes a que jueguen con sus cuerpos y deseos, como si tuvieran la madurez, los valores, el compromiso mutuo y los objetivos propios del matrimonio. De ese modo se los alienta alegremente a utilizar a otra persona como objeto de búsquedas compensatorias de carencias o de grandes límites. Es importante más bien enseñarles un camino en torno a las diversas expresiones del amor, al cuidado mutuo, a la ternura respetuosa, a la comunicación rica de sentido. Porque todo eso prepara para un don de sí íntegro y generoso que se expresará, luego de un compromiso público, en la entrega de los cuerpos. La unión sexual en el matrimonio aparecerá así como signo de un compromiso totalizante, enriquecido por todo el camino previo” (Amoris Laetitia, 283).

Ante esta profunda desorientación social, que exalta una visión utilitarista de la sexualidad y siembra la desconfianza al interior de las relaciones humanas, que padece nuevas y cada vez más graves formas de violencia y ultraje a la dignidad de la persona y la sexualidad, es urgente volver a proponer, con espíritu constructivo una visión de la sexualidad como modo propio de la donación gratuita de varón y mujer, en el amor desinteresado, total y exclusivo del matrimonio, con apertura a la vida.

El “sí, quiero” que expresa el consentimiento dado en una aplicación del celular es una mala imitación del “sí, quiero” definitivo y total que expresan los cónyuges en la entrega mutua y total del matrimonio.

Fuente: Parte de Prensa

Te puede interesar leer...


Trabajo conjunto en beneficio de la salud de los salteños

Estela de Carlotto: "Creo que estamos dando un puntapié importante para revertir lo que nos espera"

"Stop motion" contra el ajuste: el nuevo spot del Frente de Izquierda

Ciclo de documentales "Cárcel: Un debate abierto”

Los lucianos y el verbo colectivo