Fecha: 2019-08-25 21:31:50


“Una pedagogía del encuentro”. Lectura del artículo del Pedagogo Ítalo Fiorin


La revista Educatio Caholica de la Congregación para la Educación Católica ha dedicado el primer tomo del año 2018 a Scholas Ocurrentes e la pedagogia dell’armonia y ha publicado, adjunto al mismo, una separata con un artículo del Pedagogo Ítalo Fiorin con el título Una pedagogia dell’incontro (Una pedagogía del encuentro).

Por Mons. Alfredo H Zecca

La revista Educatio Caholica de la Congregación para la Educación Católica ha dedicado el primer tomo del año 2018 a Scholas Ocurrentes e la pedagogia dell’armonia y ha publicado, adjunto al mismo, una separata con un artículo del Pedagogo Ítalo Fiorin con el título Una pedagogia dell’incontro (Una pedagogía del encuentro). Este texto está disponible solo en italiano. Mi propósito es ofrecer, con brevedad pero refiriendo los puntos esenciales, una lectura sintética del trabajo publicado en la Separata. Es importante aclarar que se trata de una Lectura – sintética – y no de un Comentario. La Lectura se ciñe al texto mientras que el Comentario permite al autor, a partir del texto, introducir – separándose del texto – reflexiones y juicios de valor propios. No es este el caso.

Una Pedagogía del Encuentro

Comencemos – como se debe – con la estructura y digamos de antemano que la totalidad del texto es de 15 páginas. Después de una Introducción el mismo queda dividido en  varios apartados cuyos títulos dan ya idea del itinerario del pensamiento: Los presentamos así como aparecen, sin estar numerados:

  • Somos seres ‘en relación’
  • Del paradigma del individualismo al paradigma del encuentro
  • De la pedagogía del encuentro a la didáctica del encuentro
  • Más allá del aula: hacer encontrar la escuela y la vida
  • Cambiar el mundo

Se percibe ya por los títulos el rumbo del pensamiento. Pero comencemos ya con la Introducción.

El punto de partida de Fiorin es el 70 aniversario, en 2018, de la “Declaración Universal de los Derechos humanos” por la Asamblea de la ONU (10 de enero de 1948) cuyo primer artículo dice: “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos… y deben actuar los unos con los otros en espíritu de fraternidad”. Pero se comprueba hoy, a la distancia de setenta años, que estamos muy lejos de ver realizada esta aspiración. A esto agrega que se ha verificado, por el contrario, una progresiva pérdida del valor de la dimensión relacional: siempre más prestos a reivindicar los propios derechos, se ha devenido ciego respecto a las necesidades de los otros. La injusticia, en vez de reducirse se ha aumentado, al crecimiento del bienestar de pocos hace de contrapunto la pobreza de tantos, sobre la fraternidad prevalece el egoísmo (Cf. E.G. 72)[1]

En este venir a menos la conciencia del ser hermanos y, por lo tanto, la solidaridad, está la raíz de la que surge la ruptura del pacto educativo, muchas veces denunciada por el Papa Francisco. El pacto se ha roto por el diletante individualismo que solo busca la ganancia personal. Esto puede llamarse una suerte de “capitalismo de la mente”. No se trata, sin embargo de desconocer el valor de la economía pero no se puede aceptar que las dinámicas sociales se desarrollen según el “yo quiero”, “yo pretendo”. El capitalismo, libre de toda restricción moral, invade la mente. Hoy estamos asistiendo a una excepcional crisis de la economía global. “No a un dinero que gobierna en vez de servir”, dice el Papa Francisco, que ha denunciado muchas veces un inquietante rostro de la globalización: la globalización de la indiferencia (Cf. E.G.,152; 54).

El “pacto educativo” debería ligar en un vínculo de solidaridad y de ayuda recíproca familia, escuela, comunidad social, mundo del trabajo, instituciones. En tales situaciones, que no se reduce solo a algunas áreas geográficas del mundo, sino que es planetaria, la educación está profundamente implicada.

Hoy parece acentuarse la vinculación entre sistema escolar y sistema productivo, para que responda a un nuevo mercado del trabajo. Esto lleva a una apreciación del sistema educativo sobre la base de parámetros que son siempre más extraños a la cultura pedagógica; palabras como cualidad, mérito, empeño, suceso, competición, asumen connotaciones muy lejanas de aquellas que serían asumidas si se las coloca en un trasfondo educativo.

Fiorin cita palabras de Eduardo Galeano que muestran fotográficamente tres distintos grupos sociales: aquél muy restringido y seleccionado de los futuros líderes, sobre los que hay que invertir bien, porque dinero produce dinero; aquél más grande, que es la masa de los futuros consumidores, una masa que conviene que se ponga tantos interrogantes, narcotizada y pasiva; y, por fin, aquella que crea problemas y de la cual puede esperarse poco de bueno[2]. No hay dudas de que un tal cuadro reproduce muy bien la realidad de las áreas pobres del planeta. Pero ocurre interrogarse si esto no toca también a los países ricos que vencieron el analfabetismo. Fiorin dice que sí, que el mismo se rehace en los países ricos bajo la forma de un analfabetismo “de retorno” que no toca solo a la lectura de libros o periódicos, sino a todas las expresiones artísticas y culturales. Este tipo de analfabetismo “humanístico” al que se le presta poca atención es el resultado del prevalecer de la presión que la economía ejerce sobre la escuela. Hay mayor vecindad de los sistemas escolares de los países ricos y de los pobres de la que podría pensarse. Ambos deben combatir la cultura mercantil que, bajo el imperativo de la utilidad de la ganancia que no conoce reglas, erosiona aquello que es humano en el hombre. En el cambio de época radical que estamos atravesando – de la modernidad a la posmodernidad – en una coyuntura de restricción de la ética, la educación se encuentra frente a nuevos desafíos.

La conclusión – según Fiorin – se impone: es necesario cambiar el paradigma educativo, como recuerda el Papa Francisco cuando afirma: No se puede cambiar el mundo, si no se cambia la educación. Fiorin dice que esto significa dos cosas: el poder transformativo de la educación y, en segundo lugar, que la educación tal como hoy es impartida es inadecuada y debe ser profundamente repensada. Lo que va sobretodo puesto en discusión es la cultura que informa, en sentido general, los valores educativos y por lo tanto inspira prácticas difusas.

Somos seres “en relación”

Educar a la convivencia representa el principal deber de la educación. Dadas las relaciones entre individualismo y desigualdad y pérdida del sentimiento de solidaridad, así parece. Se ha ido debilitando el valor que en los decenios de fines del Novecientos se asignaba a la dimensión social del aprendizaje, en el interior de una concepción de la  funcional y subordinada a la lógica mercantil dominante, generadora de un nuevo humanismo. Ciertamente el deseo de desarrollo de sí mismo responde a una necesidad antropológica fundamental, pero esto no puede justificar el olvido de otras necesidades que pertenecen a la naturaleza humana, como la relación con los otros, la pertenencia y la solidaridad. Hay que elegir entre dos modelos, el primero sensible a lo individual, el otro sensible a la dimensión social y, por lo tanto, orientado a la educación al bien común. De un lado la exigencia del “yo”, del otro aquella del “nosotros”. No debe oponerse la autoestima y autorrealización a la necesidad de relación y de pertenencia.

Esto no significa negar la competencia sino ligarla al éxito de un grupo, como sucede en el deporte. Cuando un grupo tiene un objetivo general que siente como importante esta contraposición no existe. Tener un objetivo general – y compartido – permite insertar la tendencia individual a la autorrealización y al éxito en lo interior de un horizonte de sentido más amplio y enriquecedor.

Del paradigma del individualismo al paradigma del encuentro

¿Qué cosa sabemos ofrecer a los jóvenes para motivarlos? ¿Qué promesas les  hacemos?. Aquí, nuevamente, se presenta la oposición entre hacer coincidir lo útil para el mercado con la utilidad personal u orientar esto hacia el bien común. No necesariamente los jóvenes responden solo a una carrera con éxito individual. También sienten que el bien común es su propio bien, y, por tanto, su competencia puede transformarse en un recurso para mejorar el mundo. Pero esto es posible solo si se pone en el centro de la propuesta educativa los conceptos de comunidad y de servicio a la comunidad. Trabajar para el bien de la propia comunidad es el modo mejor de trabajar también para el propio crecimiento personal, como demuestran hoy numerosas experiencias de aprendizaje solidario en todo el mundo.

"La educación es el lugar donde decidimos si tenemos un suficiente amor por nuestros hijos para no expulsarlos de la oportunidad de la vida y abandonarlos al propio destino, si no robamos de sus malos la oportunidad de alzar la cabeza, de reunir algo nuevo, aquello que nosotros mismos no hemos recogido, si los amamos suficientemente para prepararlos anticipadamente a la tarea de renovar el mundo”[3]. Así Scholas delinea la tarea educativa, indicando los dos puntos de referencia a los cuales todo debe ser referido: nuestros hijos, (niños y niñas, muchachos y muchachas, jóvenes) y la realidad (el mundo) hacia los cuales el que tiene una tarea educativa es llamado a ser responsable. Ocurre cambiar el paradigma. Esto es posible si se pone en el centro de la propuesta educativa los valores del encuentro, del diálogo, de la solidaridad, del servicio a la comunidad.

La pedagogía de la promoción de la persona humana no puede sino ser una pedagogía centrada sobre el valor del encuentro. Educar es ayudar a salir del individualismo narcisista para abrirse al descubrimiento de los otros y de la responsabilidad hacia el mundo. Encontrar la realidad significa salir del cerrado recinto académico, en el cual se cultivan conocimientos que finalizan en sí mismos, y también salir de la lógica utilitarista que lleva a considerar el saber como instrumento de poder y de ganancia. La pedagogía del encuentro lleva a los estudiantes a descubrir el vínculo que los une a los otros, como parte de la propia humanidad, y el vínculo que los une al mundo, como casa común que debe ser amada y custodiada. El encuentro, cuando es auténtico, nunca es sin consecuencias, comporta siempre una transformación para todos los protagonistas. Esta es la lección que recibimos de la experiencia de tantos educadores que se han transformado en contacto con las situaciones marginales y periféricas. Pensemos en Don Bosco que se empeña por los niños y jóvenes de las periferias de la ciudad de Turín, al alba de la primera industrialización; (pensemos) en M. Montessori, que elabora su pensamiento en el encuentro con niños discapacitados; en P. Freire, que opera en el Noreste del Brasil para el rescate de los oprimidos a través de una acción de alfabetización que es también despertar de la consciencia, etc. Ejemplos de educadores cuyo testimonio debe ser objeto de aprendizaje, porque de la periferia de los pobres y de los desheredados llega una lección pedagógica que debe ser conocida, elaborada y practicada. Una lección que requiere la fatiga de la escucha, de la investigación, de la profundización.

De la pedagogía a la didáctica del encuentro

La pedagogía del encuentro genera también una didáctica del encuentro, cuyos trazos son nítidamente reconocibles, y se pueden resumir así:

  • Las escuelas y universidades son ambientes acogedores y de promoción humana. Ponen en el centro el valor de la persona en su relacionalidad. El sentido de pertenencia, la afectividad son cultivadas junto a la dimensión cognitiva. Cuidado, acompañamiento, coraje, orientación son los puntos de fortaleza
  • El estudiante no es destinatario pasivo sino sujeto responsable al que se promueve la autonomía. Experiencia, conocimiento, emociones, fragilidades deben considerarse como punto de partida de la relación educativa y de la acción didáctica.
  • El docente debe entrar en relación con este mundo interior. Pero esto no significa que el docente sea solo un compañero de juego, simpático y solo amigo, sino que tenga capacidad de escucha, de empatía, de compasión, de diálogo.
  • El aprendizaje tiene una naturaleza social, con un ambiente rico de posibilidades de relación, intercambio y colaboración. De aquí la importancia de las variadas modalidades de los métodos colaborativos.
  • Las diferencias individuales son una “situación normal” en una clase y constituyen un desafío para el docente y también una gran oportunidad. La atención a la diversidad de situaciones lleva a individuar soluciones didácticas creativas, innovadoras.
  • La enseñanza ayudar a los estudiantes a conocer la realidad, los problemas y a sentirse responsable de la comunidad y del mundo entero. Se debe promover la capacidad de realizar conexiones transversales entre los aprendizajes, superando los límites rígidos de las disciplinas.
  • La evaluación debe ser formativa, servir al estudiante para conocer sus puntos de fuerza y de fragilidad, sin tener el temor de ser juzgados mal por sus errores.
  • Una buena didáctica ayuda no solo a ir más allá de los confines del aula y a los procesos de comprensión, sino que ayuda a madurar un juicio crítico y a tomar posición, con empeño personal y grupal. Como demuestran muchas investigaciones, los estudiantes aprenden mejor cuando ponen a prueba sus competencias para ofrecer una contribución a los problemas que encuentran en sus ambientes de vida.

Más allá del aula: hacer encontrar la escuela con la vida

Llevar a los estudiantes a medirse con los problemas reales requiere insertar en el curriculum una fuerte apertura a la realidad en sus aspectos sociales, culturales, ambientales. La didáctica, así, es un punto de encuentro, una huida de la auto- referencialidad, una contribución a comprender los problemas del mundo de hoy que lleva a las competencias necesarias para vivir el siglo XXI. Se abandona el viejo hábito de “terminar el programa” o de no separarse del libro de texto. El significado del curriculum debe ser repensado y ligado a la experiencia de los alumnos. Las disciplinas son instrumentos de solución del problema, clave de comprensión de las necesidades presentes en los contextos de vida de los estudiantes.

Las competencias se desarrollan solo si se miden con la realidad. Se debe favorecer el desarrollo de actitudes y capacidad de acción en condiciones de incertidumbre, cuando se enfrentan situaciones complejas. Los alumnos se convierten en protagonistas y capaces de dar sentido a lo que la escuela propone solo cuando son implicados en las iniciativas concretas de respuesta a sus necesidades presentes en el contexto social. En este contexto se ven obligados los estudiantes a recurrir a sus recursos cognitivos y motivacionales. En fin, es importante ayudar los estudiantes a reflexionar sobre lo que han hecho, cómo se sintieron durante la realización del proyecto, sobre la dificultad, la criticidad, las conquistas. Ser consciente de las experiencias realizadas ayuda a superar prejuicios, pre- comprensiones y estereotipos. Salir del cerrado recinto del aula o de los muros de la universidad permite reducir una doble instancia, la del aprendizaje académico y la vida real; la de los valores sol

En el plano pedagógico estamos frente a una propuesta integral de la persona, que promueve el desarrollo de la mente (la cabeza bien armada), de la mano (la competencia en la acción y del corazón (la disponibilidad hacia los otros, la solidaridad. La apertura a las necesidades sociales comporta un retorno. El “servicio” no es una recorrida solo del que lo da al que lo recibe, sino una forma de ayuda recíproca, en la cual el que da, también recibe y no solo en términos de gratificación personal, sino también de aprendizaje.

Cambiar el mundo

El Papa Francisco, saludando a los participantes del Tercer Congreso de las Cátedras de Scholas realizado en Jerusalén en julio de 2017 ha dicho:

“nuestra utopía con Scholas es la de crear una cultura del encuentro uniendo las personas, valorando su diversidad, buscando no uniformidad sino armonía, que es aquello de lo que tiene necesidad el mundo así atomizo, un mundo que teme la diferencia y que a partir de este temor construye muros o bien lleva a vivir “como enemigos”,”.

La convicción que anima la visión pedagógica de Scholas es que el contexto actual en el que vivimos no es inmodificable, sino un desafío a nuestra identidad de educadores y una posibilidad que interpela nuestra responsabilidad personal y colectiva. Educar es asumir la responsabilidad de indicar caminos diversos, una nueva motivación. Significa tener el coraje de ir contra la corriente. A la asimetría mercantil, funcional, de la relación hoy solo utilitarista se contrapone otra fundada sobre una asimetría diversa, la de la diferencia solidaria en la cual el otro es visto como alguien que me enriquece. El fundamento último de verdad es dado por el último, el marginal, el otro que, de extranjero se convierte en prójimo: cuanto más la educación no olvide a los pequeños, a los pobres, a los desesperados, tanto más sabrá encontrar el camino para el anuncio de la “buena nueva”.

La palabra clave para construir una sociedad diversa, caídas las ilusiones ideológicas del Novecientos, es la palabra fraternidad. El paradigma nuevo que se opone al del individualismo rapaz y destructivo y de la relación interesada es el paradigma del encuentro con el otro, de la relación desinteresada, de la gratuidad. La invitación a quien quiere a través de la educación contribuir a cambiar el mundo y de “ pensar la gratuidad y, por lo tanto la fraternidad como característica de la condición humana y por lo tanto de ver en el ejercicio del don el presupuesto indispensable para que el Estado y el mercado puedan funcionar con miras al bien común. Sin prácticas de donación de sí, podrá haber un mercado eficiente y un Estado con autoridad ( y por lo tanto justo), pero ciertamente las personas no serán ayudadas para realizar la alegría de vivir. Porque eficiencia y justicia, aun unidas, no bastan para asegurar la felicidad de las personas"[4].

[1] Papa Francisco, Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium, 52. Ciudad del Vaticano, 2013. En adelante cito siempre EG en castellano seguida del número.

[2] Cf E. Galeano, Patas arriba. La escuela del mundo al revés, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 1998. Se trata – hay que advertirlo – de una interpretación de Fiorin a partir de un texto de Galeano que cita.

[3] Pasaje del texto del Manifiesto de Scholas Ocurrentes, pro-manuscrito, 2015. La traducción es mía.

[4] Papa Francisco, Discurso a los participantes del Tercer Congreso de las Cátedras de Scholas, realizado en Jerusalén en julio de 2017. La traducción de las dos citas del italiano es mía.

Fuente: Parte de Prensa

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